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La imagen en conflicto

DIÁLOGO 09


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  • 10.05.09 | 09.57

Responsabilidad

Las reflexiones de Ignacio y de Clemente sobre la vigilancia inciden en uno de los aspectos mas delicados del trabajo de reportero gráfico: la responsabilidad. Sin duda el aspecto que más requiere de un bien informado y bien intencionado sentido de la realidad. Ignacio nos previene frente a las imputaciones que pueden hacerse a través de fotografías que están lejos de garantizar el sentido que se les atribuye. Clemente alude a la fotografía usada como sistema de identificación, incluso contra las intenciones de los autores.

Podríamos añadir muchos más casos, y en todos se aprecia la polivalencia y la  paradoja que encierra la fotografía. Por ejemplo, Agustí Centelles sacó sus negativos de la Guerra Civil a través de La Jonquera para evitar que cayeran en manos de la policía franquista y que quienes aparecían en sus fotos sufrieran represalias. En sentido contrario, las fotos que Francisco Boix, prisionero republicano en el campo de concentración de Mauthausen, pudo escamotear a los guardianes del campo, fueron en cambio una  buena prueba efectiva para imputar crímenes de guerra a jerarcas nazis en el proceso de Nuremberg. El magnífico documental para televisión de Llorenç Soler Un fotógrafo en el infierno (2000), aporta un relato pormenorizado del caso.

Hay que reconocer que la fotografía se presta a lo peor, pero también a lo mejor, y que la función de quienes organizan desde la responsabilidad colectiva sus normas comunicativas es ponerla del lado de aquellos valores que valgan la pena, empezando por la verdad, aunque sea relativa. Si la fotografía sirve para el control, es que también puede servir para el testimonio democrático.

Sin duda, manteniendo la postura de Ignacio, los reporteros no pueden ser cómplices de ningún tipo de vigilancia y su acción profesional debe estar guiada por un estricto código ético que paradójicamente sólo se puede aplicar con flexibilidad e inteligencia. Nunca podremos establecer un repertorio de requisitos para otorgar el “carnet” de reportero, aunque podamos finalmente distinguir, por sus trayectorias, a los buenos de los que nada bueno aportan. 

Por otra parte, no hay que olvidar que la vigilancia afecta permanentemente a Internet, como ha demostrado la denuncia reciente, efectuada desde Canadá, de un supuesto espionaje informático sobre el entorno del Dalai Lama dirigido desde China –y desde luego no debe ser el único caso–. Por tanto, la desmaterialización de la imagen y su inclusión en redes informáticas, debiera redoblar el compromiso de los profesionales en la salvaguarda de sus materiales más sensibles: hoy el robo ya no se produce en la habitación de un enviado especial en un país remoto, sino en cualquier ordenador  elegido como objetivo por la vocación panóptica de cualquier poder, en función de sus posibilidades.

Otra cuestión interesante es la cada vez más frecuente doble vertiente del reporterismo visual que obliga a la realización simultánea de fotos y vídeo. Efectivamente, cada vez más, el destino del trabajo de los reporteros son ediciones digitales de muy diversos tipos. Podemos citar www.mediastorm.org, dependiente del Washington Post, como paradigma de ese nuevo modelo de formato documental que incorpora sonido directo, foto, vídeo, entrevista, música, etc. Asimismo, la última generación de cámaras réflex digitales, con vídeo de gran calidad incorporado, puede ser interpretada como el aviso a los profesionales de hacia donde se dirigen los designios de los grandes grupos mediáticos. Si podemos hacer un balance prematuro, parece que sin duda el objetivo no es sólo el puro marketing de facilitar un nuevo aliciente a los aficionados avanzados, sino adelantarse a un nuevo escenario laboral en el que, eventualmente, la “productividad” de los fotógrafos se duplique.

Pero también aquí el pensamiento libre se abrirá paso para trasvasar al vídeo parte del reconocimiento, social y legal, que detenta la fotografía como obra de autor. La visibilidad del sujeto que hay tras la cámara (mucho más precaria en la información en televisión que en fotografía, en función de sus respectivas historias materiales y simbólicas), es el objetivo optimista que debemos marcarnos para revertir positivamente el proceso. De nuevo la autoría ha de surgir de la naturaleza del testimonio y no de los preceptos temáticos y estilísticos del mercado de la tecnología o del arte fotográfico/videográfico.

Por eso tampoco podemos aceptar un númerus clausus de autores de referencia como el que se está imponiendo a la profesión globalizada: unas docenas de vacas sagradas del documentalismo más exquisito exponiendo y vendiendo su obra como finalidad principal y usando la prensa como plataforma; y en el otro extremo, sin que haya nada en medio, Reuters, AP y AFP monopolizando la imagen de lo que pasa en el mundo.

Necesitamos muchos más fotógrafos en muchas partes del mundo, en muchos más conflictos (en su sentido más amplio). Necesitamos las organizaciones públicas y privadas que les den soporte y canales. Necesitamos el apoyo de ese pensamiento libre que sabe cómo usar la palabra pero no tanto la imagen. Por ejemplo, tomando una referencia aportada por Ignacio, necesitamos que Rebelión use la imagen como lo hace Mediastorm, aunque, claro, de otra manera.

  • 18.04.09 | 19.37

Las imágenes imprescindibles

Comparto lo que dice Ignacio acerca de la “anecdotización” y el abaratamiento generalizado que demuestran los medios de comunicación en su tratamiento de las imágenes. Sin embargo, prefiero pensar que no son los medios de comunicación ya obsoletos en sus actuales estructuras la única vía para contar las cosas, para construir relatos, diversos y pertinentes. Es más, creo que los medios de comunicación han cavado a conciencia su propia tumba como vehículos de discursos documentales e incluso como soportes legítimos de lo que se entiende como grandes reportajes.

Desde hace ya mucho tiempo, los “media” mantienen un discurso autocomplaciente que ignora cuestiones decisivas, lavándose las manos cuando se trata de financiar reportajes o proyectos documentales y elaborando exiguas producciones propias,  estereotipadas y marcadas por la prisa y la falta de flexibilidad, por lo que deben nutrirse forzosamente de lo que otros financian, ya sean agencias, instituciones culturales, los propios fotógrafos y desde luego, últimamente, entidades públicas y privadas ligadas al mundo del arte. Y sin embargo, alegan sin ambages que el espacio natural del documentalismo sigue estando en sus páginas.

No se puede negar que ellos pusieron la semilla y que seguramente una gran distribución, en el soporte adecuado, es lo mejor que le puede pasar a un buen reportaje. Pero han perdido la autoridad moral, enfangándose en una esquizofrenia difícil de gestionar y que pone a la imagen fotográfica en conflicto con su propio entorno y con sus compañeros de viaje, uno de los cuales –y de los más apreciados– es sin duda alguna la “independencia”, de la que cada vez se tienen menos noticias.

Creo, con Ignacio, que a los medios les encantan las imágenes de vigilancia porque encarnan de alguna manera el ojo total que todo lo ve. También les encantan las imágenes obtenidas por la policía o por aquellos que simplemente fotografían “desde dentro” de organizaciones o estructuras y obtienen imágenes que serían imposibles de obtener para ningún periodista en el desempeño de su labor –y a las que más tarde otorgan la categoría de documentos informativos.

Y no es menos cierto que a la policía y a otros estamentos del poder les encantan las fotografías tomadas por los fotoperiodistas, por lo que a menudo tratan de conseguirlas para identificar a personas o conseguir pruebas para instruir sumarios, obviando que los fotógrafos no son agentes infiltrados en diferentes eventos ni grupos, y tampoco ejercen como simples productores de documentos probatorios, sino como periodistas que toman en consideración multitud de elementos para elaborar su trabajo.

Y dando una vuelta más a esa tuerca, tampoco es menos cierto que los medios se nutren a menudo de imágenes obtenidas con técnicas policiales, como las cámaras ocultas, traicionando sus códigos éticos y sumiéndonos a todos en un estado de terror y de sospecha permanente. Por el contrario, reaccionan con asepsia cuando fotografías pertinentes, oportunas y comprometidas, como la tomada por Pablo Torres Guerrero a uno de los trenes que explosionaron el 11-M en Madrid, se imponen con rotundidad. Casi todos los medios que la publicaron, la manipularon para desactivarla. Incluso “El País”, que la publicó en portada y que le otorgó el Premio Ortega y Gasset de periodismo, la ha relegado al sueño de los justos en un insólito acto de contrición periodística, atendiendo la inopinada petición de las asociaciones de víctimas de no mostrar imágenes cruentas de los atentados. Cuando las fotografías muestran sin impostura aquello que no es fácil de mirar, tampoco son fáciles de aceptar. Finalmente, los medios, en un doble salto mortal, emulan a los espacios artísticos más estetizantes y menos ideologizados y nos muestran sólo aquello que menos molesta a sus lectores. No es que estemos saturados y anestesiados por imágenes violentas y sanguinarias como repite la letanía dominante, sino que por el contrario nos escamotean las imprescindibles. ¿Dónde están?

Estamos ante un clásico. Desde que se pudo identificar y ejecutar a los integrantes de la Comuna de París, gracias a las abundantes fotografías que se tomaron durante su período de vigencia en 1871, las fotografías no han dejado de ser utilizadas como pruebas acusatorias. La experiencia fotográfica que se puede extraer de la Comuna de París es realmente enorme, y abarca desde los usos documentales y narrativos hasta los propagandísticos y policiales, sin olvidar los fotomontajes y las manipulaciones con fines ideológicos que se hizo de estas imágenes, sembrando lo que los actuales avances tecnológicos no han hecho más que perfeccionar. Y quizás no estaría de más recordar en este punto a Gustave Courbet, un destacado “communard” en cuyos planteamientos teóricos y vitales acerca del realismo se encuentran muchas de las claves de la defensa de un discurso documental riguroso y comprometido, pero sobre todo útil. 

  • 17.04.09 | 18.46

Imagen, entre testimonio y vigilancia

Este “triálogo” está resultando de lo más apasionante –por lo menos para mí–, por las oportunas y creativas intervenciones (especialmente las últimas) de Pepe Baeza y de Clemente Bernad. Sobre el concepto de imagen-testimonio, del que los dos han hablado, quisiera hacer la siguiente observación, partiendo del análisis de algunos acontecimientos ocurridos en el curso de la semana pasada.

Tomemos, por ejemplo, el terremoto de L’Aquila, en Italia, que tanto han evocado los medios debido a la dimensión de la tragedia humana. Paradójicamente, y contradiciendo esa idea que yo mismo evocaba en mi precedente intervención, de nada ha servido, en este caso, el hecho de que cada ciudadano, o casi, esté hoy equipado –vía su teléfono móvil– de una cámara fotográfica: nadie ha podido fotografiar el terremoto en el momento en que tuvo lugar. Hay miles de imágenes de las consecuencias del terremoto (casas destruidas, montañas de escombros, rescates de víctimas, etc.), pero ninguna imagen tomada en vivo, en directo, del terremoto produciéndose. Normal: se produjo a las 3h45 de la madrugada, cuando los teléfonos móviles están recargándose y los habitantes durmiendo. Por eso, la cobertura mediática de ese acontecimiento, en cierta medida, satura nuestros ojos con miles de imágenes de la tragedia, como para hacernos olvidar que falta lo principal, la imagen ausente, la mas prometida por el reporterismo gráfico contemporáneo, la del acontecimiento que se produce en directo o que por lo menos las cámaras han captado en directo.

Por eso ese frenesí periodístico por captar las “réplicas” (como un sucedáneo, una copia del acontecimiento original definitivamente perdido) y por buscar testigos de la tragedia que cuenten con palabras lo que vivieron y vieron, o sea lo que la cámara de sus ojos gravó y reveló en su cerebro, pero que ya sólo puede ser relato de imagen, y no pura imagen.

Esa invisibilidad del terremoto de L’Aquila es la prueba de que, como dice Pepe Baeza, el acontecimiento resiste y no se deja fácilmente aprehender aunque estén presentes miles de objetivos fotográficos.

La misma semana del terremoto italiano, en Francia, la imagen mas polémica –conseguida esta vez en directo, live, y difundida por el telediario estelar de las 20h de la principal cadena estatal– ha sido la de una violenta agresión, en un autobús nocturno, contra un joven pasajero francés llevada a cabo por otros cuatro jóvenes, dos de ellos adolescentes, de origen al parecer inmigrante; que se puede ver en la siguiente página web:

http://observers.france24.com/fr/content/20090408-agression-bus-parisien-une-video-polemique-ratp-noctilien

Si ha habido polémica es porque estas imágenes, en vez de denunciar el racismo ordinario contra los inmigrantes, pretenden en este caso, al revés, denunciar el racismo de los inmigrantes contra los franceses (al parecer, el joven agredido fue tratado de “¡puerco francés!”). Y también porque han sido difundidas por un policía, en contra de las consignas de su jerarquía, y que por lo tanto ha sido sancionado.

Aunque la anécdota no es baladí, en este caso y en el marco de nuestro “triálogo”, me interesa menos que la naturaleza de estas imágenes captadas por cámaras de vigilancia disimuladas en el autobús. Una de las razones inconscientes por las cuales esa escena ha tenido un impacto tan fuerte en Francia es que por primera vez se difunden públicamente imágenes captadas en un autobús. Aunque en Inglaterra ya hace más de seis años que los autobuses llevan cámaras de vigilancia (ver foto del cartel), en Francia sólo se han introducido hace unos meses.

watchful-eyes

A los medios de información les encantan las imágenes de vigilancia, conseguidas por robots y cuya calidad técnica es generalmente pésima. Y les encantan, esencialmente, por una razón: porque captan escenas en vivo, en directo. Porque parecen realizar el anhelo fantasmático del reporterismo fotográfico más elemental y convencional: estar en todas partes para que nada escape al ojo de las cámaras. Una ambición demiúrgica de testimoniar y documentar que acaba por aproximarse al deseo totalitario de controlar el comportamiento de cada ciudadano, como lo pretendía el vigilante Big Brother de George Orwell:

big-brother 

En ese sentido, también en esa misma semana, hemos visto como la vigilancia ejercida por ciertos reporteros, añadida al efecto “blow up”, como diría Antonioni, han conseguido tumbar al jefe de la policía antiterrorista británica, Bob Quick, que cometió el descuido de salir de su coche, delante de la casa del Primer Ministro y delante de decenas de reporteros gráficos, llevando al descubierto unos documentos confidenciales. El Sr. Quick pensaba que la respetable distancia que le separaba de los fotógrafos de prensa impediría distinguir los detalles de sus notas escritas.

bob-quick

Grave error que le ha obligado a dimitir, ya que la prensa pudo leer sin problema su documento confidencial sobre une pretendida trama terrorista. Bob Quick ignoraba seguramente que hoy día los teleobjetivos son capaces de reducir distancias inverosímiles. Y que además existen técnicas de imagen vertiginosas que permiten efectuar un salto abismal dentro de la imagen, mediante un efecto de zoom ininterrumpido y conservando la nitidez de la imagen. Algo insólito, como da testimonio esta fotografía de la toma de posesión de Barack Obama, el pasado 20 de enero en Washington:

http://gigapan.org/viewGigapanFullscreen.php?auth=033ef14483ee899496648c2b4b06233c

Como dice Carlos Martínez en un reciente artículo en Rebelion, “esta imagen fue tomada con una cámara fotográfica robot de 1.474 megapíxeles y si ampliamos la imagen podemos identificar claramente a muchísimas de las personas que acudieron al acto. Si a este tipo de fotografías digitalizadas sumamos las aplicaciones informáticas de reconocimiento de rostro nos damos cuenta que los Estados o las grandes corporaciones puede identificar sin muchos problemas a todos los asistentes a manifestaciones o espectáculos.” ¿Aceptaran, los reporteros gráficos, ser cómplices de semejante empresa de vigilancia colectiva?


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