- 07.05.09 | 14.05
La gripe simbólica
Las fotografías –cualesquiera de ellas– no son en absoluto elocuentes, por lo que agradecen un contexto que les añada información, sin el cual están más desnudas y son más vulnerables, aunque también más salvajes. Sin contexto, su interpretación dependerá de la capacidad de lectura que tenga cada uno, de lo que lleve en su particular equipaje cultural, estético, histórico, visual o político, pero también de ciertas convenciones que nos hemos dado para interpretarlas. Es cierto que la polémica fotografía de Kevin Carter que menciona Ignacio se lee de una manera determinada porque nuestra educación visual y nuestros prejuicios ponen en relación directa al buitre con la niña y hacen saltar todas nuestras alarmas culturales y éticas, pero antes del momento de “usar” una imagen –quizás este sí que sea el momento decisivo– hay otros momentos que atañen fundamentalmente a quienes la producen y a quienes la ponen en circulación, ante lo que no pueden eludir su responsabilidad. A este respecto me gustaría señalar varios grados de implicación ante el hecho fotográfico documental, todos diferentes. Un primer grado es el del propio autor de las fotografías, que tiene ante sí la enorme, difícil y perentoria tarea de decidir qué fotografiar y cómo hacerlo, sabiendo que su decisión, sea cual sea, será inamovible, no será inocente y además acarreará consecuencias. Al margen de otras consideraciones que aquí no vienen al caso a propósito de la foto de Kevin Carter, él escoge –como el resto de fotógrafos hacen miles de veces al día– una combinación concreta de factores para obtener su fotografía, a partir de los cuales se podría determinar si se ajustan a la escena que muestran y si hubo una intención moral añadida.
Hay otros tipos de responsabilidad atribuibles al uso posterior de las fotografías más que al propio trabajo del fotógrafo, y que condicionan absolutamente su lectura. Para ilustrar el ejemplo propongo dos fotografías muy conocidas, pues ambas han sido premiadas con el World Press Photo, una en 2006 y la otra en 2007. La fotografía de 2006 está hecha en Beirut por Spencer Platt (http://www.worldpressphoto.org/index.php?option=com_photogallery&task=view&id=899&Itemid=115&bandwidth=high) y la de 2007 por Tim Hetherington en el Valle de Korengal, en Afganistán (http://www.worldpressphoto.org/index.php?option=com_photogallery&task=view&id=1167&Itemid=115&bandwidth=high). No me quiero extender excesivamente sobre ellas, pero en mi opinión la primera fotografía muestra que los estereotipos están en la mirada del fotógrafo, tanto cuando toma la imagen como cuando la selecciona, por cuanto nos impone una versión limitada, simplificada y que no se ajusta a lo que allí sucedía. El problema es que dichos estereotipos coinciden perfectamente con los que la mayoría de nosotros arrastramos como lectores de imágenes, por lo que creemos reconocer inmediatamente qué es lo que se nos enseña, que en este caso se desmiente en cuanto se aporta información adicional sobre la imagen.
El caso de la fotografía de Tim Hetherington es muy diferente. Lo que nos muestra se ajusta al desarrollo de los hechos que pretende mostrar, sin aspavientos ni impostura. Es el jurado del World Press Photo quien la premia argumentando que se trata de una imagen que “refleja el cansancio de un hombre y el de una nación entera”, imponiendo una interpretación de la fotografía que resulta tan gratuita como interesada, porque demuestra con demasiada claridad el interés por ofrecer determinada versión de la historia. La fotografía del Rey con Adolfo Suárez de la que habla Ignacio demuestra una perversión similar, aunque realmente consiste en una artera operación propagandística diseñada hasta el último detalle y cuyo objetivo queda claramente definido en el blog del propio autor de la fotografía (http://adolfosuarezillana.com/la-foto-del-toison/).
Creo que uno de los conflictos que nos ocupan estriba en asumir que las imágenes documentales no pueden estar al servicio de ideas preconcebidas ni tampoco para abaratar la representación de la realidad, como muy bien apunta Abel Salinas en uno de los comentarios a este diálogo abierto. En él, califica a la mascarilla o “tapabocas” que se distribuye en México para evitar el contagio de la gripe porcina como “la metáfora más perfecta de la situación”, en lo que coincido con él por cuanto nuestra incapacidad para representar visualmente dicha epidemia es de tal calibre que sólo somos capaces de hacerlo a través de símbolos. Pero las imágenes documentales no deberían nutrirse de símbolos más que para asegurar un mínimo de inteligibilidad, porque más allá de eso los símbolos pervierten y simplifican el discurso hasta el punto de que todo el mundo utiliza los mismos, lo que se comprueba fácilmente si vemos que en la casi totalidad de las fotografías que pretenden hablar de la gripe porcina aparece el elocuente “tapabocas”, que finalmente deviene en un cómodo tapaojos.
Aquellos a quienes fotografiamos no son personajes que desempeñen roles escritos por un equipo de guionistas, sino personas cuyos comportamientos son impredecibles, y no tenemos derecho a adaptarlos por la fuerza a un molde que colme nuestras expectativas como fotógrafos o como editores, sino que debemos asumir la dificultad para mostrar en imágenes sus vidas y el riesgo de que el resultado no sea lógico, estético, coherente, ni fácil de consumir.



