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La imagen en conflicto

DIÁLOGO 09


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  • 26.04.09 | 10.34

Buscando rendijas

Ignacio y Clemente, antes de que sigáis con vuestras siguientes reflexiones he querido añadir otro comentario a mi anterior intervención.

Lo hago a propósito de que Clemente mencionaba mi referencia a la crisis actual (la general, no la particular de la prensa) como ejemplo del desafío que supone plantear un proyecto documental cuando muchos de sus aspectos esenciales no son tangibles. En la rueda de prensa de presentación del libro del diálogo del año pasado y de éste mismo mencioné la posibilidad de reeditar un proyecto de seguimiento de la crisis  inspirado en el proyecto FSA (Farm Security Administration) desarrollado tras el crack del 29. Joan Fontcuberta hizo notar que había sido un proyecto propagandístico, lo que es doblemente cierto. En primer lugar porque siempre es difícil desvincular los resultados de una acción de la voluntad de aquéllos que la proyectan y la financian. En segundo lugar porque en ese caso la estructura de organización y de edición fue particularmente severa respecto al sentido que debía tener el proyecto. Y sin embargo, a pesar de todo, por algunas rendijas se escapó un sentido más hondo que el pretendido por sus impulsores de querer mostrar exclusivamente el dinamismo y la eficacia de su programa de ayudas y por tanto la inconveniencia de imaginar cualquier alternativa al modelo económico. En FSA, que no es un gran proyecto (aunque sea un proyecto muy grande), queda una posibilidad abierta de crítica radical. Ni tan fuerte ni tan consciente como en otro proyecto más pequeño, pero mucho más grande en su espíritu, como es la cobertura de la explotación laboral infantil en minas y fábricas realizado por Lewis Hine veinte años antes. Pese a todo, la fotografía y sus autores-testigos oculares encontraron las rendijas que, por ejemplo, ya no existen en la crisis actual en que la apisonadora televisiva orquesta, desde la adopción de la ficción regeneradora de Obama, la teatralización de la última versión de la sentencia de Lampedusa: “que algo cambie para que todo siga igual”.

Si renunciamos a la imagen a corto plazo y creamos un proyecto visual fuertemente contextualizado de seguimiento de la crisis desde una selección significativa de sus aspectos tangibles (que como nos recordaba Ignacio también son los simbólicos), todavía podemos tener una posibilidad de incidir en la valoración social de aspectos como: un conocimiento mayor de las claves del modelo económico; una aproximación a las consecuencias sociales de la desregulación y la codicia; una revisión inquisitiva de algunos de los agentes económicos responsables del despojo… en fin, un proyecto largo, pensado desde un proceso de documentación riguroso, con un plan de trabajo elaborado bajo la asesoría de expertos vitalmente implicados tales como economistas, sociólogos y miembros de otras disciplinas concernidas. También, por supuesto, con la colaboración de los mejores autores documentales, de aquéllos para los que la fotografía apunta más allá del propio medio fotográfico y que no temen no estar inventando a cada momento un estilo nuevo. Creo que funcionaría si encontrara los medios para financiarse y para alcanzar una fuerte presencia social, lo que necesariamente vuelve a implicar la participación de una administración pública que controle sin dirigir. No es fácil, pero no quedan muchas soluciones para que perviva la fotografía más necesaria.

  • 07.04.09 | 17.19

La representación de la crisis o viceversa

Parece claro que el monopolio de la información se ha terminado para los grandes medios y que ahora se distribuye de formas diferentes, que cambian cada día, fundamentalmente en función del uso que se haga de ellas. Una de las cuestiones importantes es, como ya decís, saber quién otorga la legitimidad, la validez y la veracidad a un discurso fotográfico. Puede que la cuestión sea quién manda, como le decía Humpty Dumpty  a Alicia en “A través del espejo”, pero al margen de quién mande, el discurso propuesto a través de imágenes debería buscar algo tan sencillo y al tiempo tan complejo como es el “contarlo”. Las buenas fotografías documentales nos cuentan lo que pasa, entre otras cosas porque van acompañadas de la información adicional que resulta indispensable para su lectura adecuada, conformando un espacio de referencia que será siempre cambiante, por cuanto que estará definido por las diferentes utilizaciones que se hagan de ellas. En mi opinión uno de los grandes problemas de muchas de las imágenes que hoy consumimos es que simulan contarnos lo que pasa cuando realmente no lo hacen, porque son imágenes vacías que fabrican discursos pseudodocumentales al servicio de intereses más cercanos al mercado que a otras cuestiones. Creo que hoy en día los medios de comunicación, por causas que podríamos entrar a analizar, rechazan los materiales documentales que más problemas les pueden suponer, dando prioridad a los productos más y mejor aligerados. El mundo del arte se ha convertido quizás en el más cálido anfitrión de materiales documentales, pero lamentablemente sus particulares reglas del juego dan preferencia a los aspectos menos comprometidos y más estéticos.

Me interesa mucho el planteamiento de Pepe acerca de cómo abordar fotográficamente la crisis económica y cómo afecta a nuestras vidas, porque creo que surgen cuestiones importantes y complicadas de abordar a través de fotografías. Los efectos visibles –lamentablemente las fotografías sólo se ocupan de momento de aquello que podemos ver– de la crisis en los países occidentales permanecen aún mayoritariamente en el ámbito de lo privado, aunque desde luego sus causas públicas y colectivas son obvias. Por más que los nuevos relatos visuales que elaboramos diariamente cada uno de nosotros y que difundimos masivamente a través de Internet, hayan difuminado la línea entre lo público y lo privado, hacen referencia a cuestiones que pertenecen a la esfera de lo íntimo, de lo personal, allá donde es muy difícil que llegue a entrar una mirada documental exigente, por cuanto que defendemos con fuerza nuestra privacidad, sobretodo si se trata de ocultar nuestras propias miserias. Mientras corren ríos de tinta sobre la crisis, la imagen no encuentra una forma adecuada y rigurosa de representarla visualmente.

Esta es una de las grandes cuestiones que se plantean a la hora de abordar cualquier tema. ¿Cómo representarlo sin caer en la simplificación, en el reality-show, en la escenificación, en el pseudodocumentalismo fácil y vacío? Seguramente algunas de las claves se encuentren en lo que dice Ignacio: es imperativo aportar información, profundizar en el sujeto, investigar datos y establecer hechos. En definitiva, ofrecer garantías y asumir responsabilidades. Las tentaciones para tomar atajos son abundantes y pasan por buscar la miseria allá donde es más estructural y donde la sociedad aún no ha blindado su intimidad o se encuentra más desprotegida; o por despojar de matices el día a día y optar por lo más espectacular, como por ejemplo mostrar un agente de policía, pistola en mano, comprobando si se ha ejecutado un desalojo por impago, como en la fotografía ganadora del último World Press Photo. El problema no es, evidentemente, esa fotografía en concreto. El problema es que la espectacularización sea lo único visible.

  • 30.03.09 | 16.41

Fotografía y medios

Prolongando las originales reflexiones de Pepe Baeza y de Clemente Bernad quisiera exponer brevemente como veo el marco general del contexto mediático en el que se desarrolla nuestro diálogo. Yo diría que estamos viviendo una crisis sistémica. Esta expresión que se usa en general para designar la gravedad de la crisis económica y financiera actual, se puede aplicar a lo que están viviendo hoy los medios de comunicación de masas en general y los medios de información en particular: una crisis sistémica, o sea un desmoronamiento de cada uno de los elementos que integran y componen el sistema mediático.

Atacada por la competencia impetuosa de las webs informativas y por la generalización de los diarios gratuitos, la prensa escrita vive –desde el punto de vista industrial y empresarial– el peor momento de su historia; agravado por el hecho de que la publicidad –principal fuente de ingresos de esa industria– se desploma, ya sea porque se desplaza hacia Internet o porque sencillamente la crisis reduce los presupuestos de publicidad de los anunciantes. Algunos analistas ya no dudan en vaticinar que la era de la prensa escrita diaria de papel y de pago se está terminando y que, en el mejor de los casos, su esperanza de vida no excederá una década. 

Podríamos decir casi lo mismo de los grandes canales de televisión generalistas. También están perdiendo audiencia y perdiendo publicidad.

¿Significa esto que la información en sí misma está en crisis? No forzosamente. Porque al mismo tiempo se está produciendo una verdadera explosión informativa en Internet como jamás se había producido. Con la creación de millones de blogs personales, de diarios digitales, de sitios documentales, etc. Una profusión desbordante que ya se está traduciendo en la consagración de decenas de blogs o de webs fiables, consultadas por centenares de miles de ciudadanos como fuentes serias de información y de análisis. Una natural decantación se está realizando y el “colectivo democrático” que constituimos todos los infonautas está procediendo a una selección darwiniana. Aunque hay que prever que los sitios con mayor audiencia serán adquiridos (si no lo son ya) por los grandes grupos mediáticos y perderán su autonomía y, quizás, su creatividad.

Por otra parte, esta profusión de intervenciones informativas individuales, vía Internet, está desdibujando la identidad misma del periodismo y también del periodista. ¿Qué es un periodista, si cada persona puede serlo cuando quiere? ¿Qué tiene de especifico el periodismo si cualquiera puede ejercer esa actividad cuando lo desea simplemente instalándose delante de su ordenador? Por otra parte, esta liberación de la palabra y esta “democratización” de la actividad periodística está produciendo sobre todo comentaristas o, en el mejor de los casos, editorialistas –o sea tertulianos que opinan de todo en base a la libertad de palabra, sin aportar información propiamente dicha, ni datos investigados por ellos mismos. El resultado es que se sacrifica la jerarquización de la información, lo más importante y lo no importante se mezclan y no se distinguen; la información no se verifica y se divulga al instante gracias a las tecnologías que favorecen la instantaneidad.

En este contexto de crisis y de transición, de agonía de una época mientras una nueva era llena de promesas ve la luz, ¿cuál es el destino de la fotografía?

Lo abordaré en mi próxima intervención.

  • 13.03.09 | 13.57

Propuestas para elegir dirección

Ante todo, quiero agradecer a todo el equipo de SCAN, y de forma especial a Sandra Balsells, la oportunidad de dirigir un diálogo de tanto alcance público. Vamos a ver la dirección que toman las reflexiones que irán surgiendo a lo largo de estos dos meses; de entrada, propongo aproximar el debate sobre la fotografía a su dimensión política, primordialmente a sus usos testimoniales, a su utilidad para el conocimiento de aspectos del mundo que acaban conformando nuestro sentido global de la realidad. Quiero agradecer también a Clemente Bernad y a Ignacio Ramonet su generosa disposición a implicarse en esta reflexión compartida, que si bien es una atractiva aventura vital, también comporta una exigencia muy alta de tiempo y esfuerzo. Esperemos que nos sirva a todos para alcanzar una comprensión mayor de las relaciones que la fotografía mantiene con los principales fenómenos de nuestra época.

“La imagen en conflicto” es un título que permite tanto revisar la consideración intrínseca de la imagen fotográfica y de sus normas y contextos comunicativos, como relacionar aquello que es la fotografía con aquello para lo que sirve, imaginando incluso lo que podremos seguir haciendo con ella.

No creo que de entrada sea necesario justificar la función testimonial de la fotografía. Es obvio que si su conexión con la realidad no fuera tan profunda, los fotógrafos independientes que obtienen imágenes de los conflictos que provocan diferentes poderes en todo el mundo no correrían riesgos tan altos. Tampoco estarían los gobiernos regulando las formas de acceso visual a realidades no privadas, sino abiertamente públicas y socialmente relevantes. Asimismo, los grandes grupos mediáticos, en manos de grandes corporaciones financieras, no impondrían unos modelos visuales -que los grupos de prensa más pequeños aceptan como referencia- en los que la imagen comprometida con la realidad social se ha situado en posiciones de miseria comunicativa; hasta el punto de cuestionar los géneros periodísticos que históricamente han sido el soporte de este tipo de imagen.

Por si todo esto fuera poco, el testimonio fotográfico ha venido sufriendo también la descalificación teórica de una parte notoria del pensamiento estético, que en sus momentos álgidos -que coinciden en el tiempo con el dominio arrasador del pensamiento ultraliberal y de sus “Think tanks”- llegó a decretar, al amparo del término “posfotografía” y con argumentos muy poco sólidos, el fin mismo de los usos testimoniales de la fotografía, reutilizando el término “documental” para propuestas visuales muy alejadas del documentalismo. Sin duda una parte de estas teorías han sido beneficiosas para el debate crítico respecto al procedimiento fotográfico, respecto a los límites de la representación o como forma de poner en cuestión la falta de prevención crítica frente a las imágenes que nos llegan; pero en otros casos se han dirigido directamente a descalificar la pervivencia de cualquier vestigio de relato testimonial.

Por mi parte considero que el punto de vista más productivo para iniciar el diálogo es analizar cómo la fotografía se inscribe en los discursos de la política, de la sociología, de la economía… Cuáles son los límites, pero también las posibilidades, de unas prácticas fotográficas dirigidas al conocimiento y la transformación del mundo; de qué forma, y bajo qué formatos, estas prácticas se pueden canalizar a través de los medios tradicionales o a través de los nuevos medios, y qué otros canales podemos articular para que los usos documentales de la fotografía puedan actuar como forma colectiva de conocimiento, como servicio público.

Creo que también deberemos considerar otras prácticas fotográficas que comparten preocupación por estas cuestiones pero que pertenecen a otros registros de la creación, fundamentalmente me refiero al arte vinculado a la sociedad. El fotomontaje sigue siendo una referencia muy valiosa en cuanto a los usos didácticos de la imagen, así como las escenificaciones y otras propuestas visuales de intervención en los asuntos públicos que han desarrollado algunos artistas y que tienen una eficacia perlocutiva enorme, aunque no puedan ser nunca una alternativa al testimonio directo, como la novela no es alternativa de la crónica.

La imagen publicitaria, que debemos entender como imagen emblemática del capitalismo, y la fiebre comunicativa que provoca, no pueden ser por más tiempo la referencia fundamental de los lenguajes visuales contemporáneos. Ya hace tiempo que llegó la hora de un gran debate social sobre una pedagogía de la imagen iniciada en la escuela misma. Hacer que la imagen forme parte de la cultura democrática, tanto en su producción como en su análisis, es una exigencia del pensamiento libre.

Hay otras líneas de reflexión que también me gustaría proponer: ¿Qué va a ocurrir con la imagen durante y después de la gran crisis en la que estamos? ¿De qué forma readaptarán los discursos simbólicos del poder económico los escenarios de la representación y del espectáculo? ¿Seremos capaces de elaborar alternativas parciales, o sólo lo haremos si las alternativas alcanzan el propio modelo social? Los nuevos centros de poder regional, ¿darán lugar a una multipolaridad real que establecerá nuevos modelos visuales sobre los que afianzarse? ¿Cómo se sitúan los fotógrafos frente a estas cuestiones? ¿Cómo combinar las colaboraciones informativas espontáneas con la cultura profesional del documentalismo?…

Si controlar el sentido del mundo es la mejor forma de controlar el mundo, la imagen, y muy especialmente la fotografía y el video -aunque nos lleguen y los hagamos llegar a través de un pequeño aparato portátil con múltiples funciones- seguirán estando en el centro de una relación dialéctica entre el interés particular y el interés colectivo.

Estos son algunos de los aspectos que me preocupan sobre los usos públicos de la fotografía, pero el diálogo está abierto a todas las cuestiones que queráis incorporar.


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