- Clemente Bernad
- 07.04.09 | 17.19
La representación de la crisis o viceversa
Parece claro que el monopolio de la información se ha terminado para los grandes medios y que ahora se distribuye de formas diferentes, que cambian cada día, fundamentalmente en función del uso que se haga de ellas. Una de las cuestiones importantes es, como ya decís, saber quién otorga la legitimidad, la validez y la veracidad a un discurso fotográfico. Puede que la cuestión sea quién manda, como le decía Humpty Dumpty a Alicia en “A través del espejo”, pero al margen de quién mande, el discurso propuesto a través de imágenes debería buscar algo tan sencillo y al tiempo tan complejo como es el “contarlo”. Las buenas fotografías documentales nos cuentan lo que pasa, entre otras cosas porque van acompañadas de la información adicional que resulta indispensable para su lectura adecuada, conformando un espacio de referencia que será siempre cambiante, por cuanto que estará definido por las diferentes utilizaciones que se hagan de ellas. En mi opinión uno de los grandes problemas de muchas de las imágenes que hoy consumimos es que simulan contarnos lo que pasa cuando realmente no lo hacen, porque son imágenes vacías que fabrican discursos pseudodocumentales al servicio de intereses más cercanos al mercado que a otras cuestiones. Creo que hoy en día los medios de comunicación, por causas que podríamos entrar a analizar, rechazan los materiales documentales que más problemas les pueden suponer, dando prioridad a los productos más y mejor aligerados. El mundo del arte se ha convertido quizás en el más cálido anfitrión de materiales documentales, pero lamentablemente sus particulares reglas del juego dan preferencia a los aspectos menos comprometidos y más estéticos.
Me interesa mucho el planteamiento de Pepe acerca de cómo abordar fotográficamente la crisis económica y cómo afecta a nuestras vidas, porque creo que surgen cuestiones importantes y complicadas de abordar a través de fotografías. Los efectos visibles –lamentablemente las fotografías sólo se ocupan de momento de aquello que podemos ver– de la crisis en los países occidentales permanecen aún mayoritariamente en el ámbito de lo privado, aunque desde luego sus causas públicas y colectivas son obvias. Por más que los nuevos relatos visuales que elaboramos diariamente cada uno de nosotros y que difundimos masivamente a través de Internet, hayan difuminado la línea entre lo público y lo privado, hacen referencia a cuestiones que pertenecen a la esfera de lo íntimo, de lo personal, allá donde es muy difícil que llegue a entrar una mirada documental exigente, por cuanto que defendemos con fuerza nuestra privacidad, sobretodo si se trata de ocultar nuestras propias miserias. Mientras corren ríos de tinta sobre la crisis, la imagen no encuentra una forma adecuada y rigurosa de representarla visualmente.
Esta es una de las grandes cuestiones que se plantean a la hora de abordar cualquier tema. ¿Cómo representarlo sin caer en la simplificación, en el reality-show, en la escenificación, en el pseudodocumentalismo fácil y vacío? Seguramente algunas de las claves se encuentren en lo que dice Ignacio: es imperativo aportar información, profundizar en el sujeto, investigar datos y establecer hechos. En definitiva, ofrecer garantías y asumir responsabilidades. Las tentaciones para tomar atajos son abundantes y pasan por buscar la miseria allá donde es más estructural y donde la sociedad aún no ha blindado su intimidad o se encuentra más desprotegida; o por despojar de matices el día a día y optar por lo más espectacular, como por ejemplo mostrar un agente de policía, pistola en mano, comprobando si se ha ejecutado un desalojo por impago, como en la fotografía ganadora del último World Press Photo. El problema no es, evidentemente, esa fotografía en concreto. El problema es que la espectacularización sea lo único visible.



