- Clemente Bernad
- 18.04.09 | 19.37
Las imágenes imprescindibles
Comparto lo que dice Ignacio acerca de la “anecdotización” y el abaratamiento generalizado que demuestran los medios de comunicación en su tratamiento de las imágenes. Sin embargo, prefiero pensar que no son los medios de comunicación ya obsoletos en sus actuales estructuras la única vía para contar las cosas, para construir relatos, diversos y pertinentes. Es más, creo que los medios de comunicación han cavado a conciencia su propia tumba como vehículos de discursos documentales e incluso como soportes legítimos de lo que se entiende como grandes reportajes.
Desde hace ya mucho tiempo, los “media” mantienen un discurso autocomplaciente que ignora cuestiones decisivas, lavándose las manos cuando se trata de financiar reportajes o proyectos documentales y elaborando exiguas producciones propias, estereotipadas y marcadas por la prisa y la falta de flexibilidad, por lo que deben nutrirse forzosamente de lo que otros financian, ya sean agencias, instituciones culturales, los propios fotógrafos y desde luego, últimamente, entidades públicas y privadas ligadas al mundo del arte. Y sin embargo, alegan sin ambages que el espacio natural del documentalismo sigue estando en sus páginas.
No se puede negar que ellos pusieron la semilla y que seguramente una gran distribución, en el soporte adecuado, es lo mejor que le puede pasar a un buen reportaje. Pero han perdido la autoridad moral, enfangándose en una esquizofrenia difícil de gestionar y que pone a la imagen fotográfica en conflicto con su propio entorno y con sus compañeros de viaje, uno de los cuales –y de los más apreciados– es sin duda alguna la “independencia”, de la que cada vez se tienen menos noticias.
Creo, con Ignacio, que a los medios les encantan las imágenes de vigilancia porque encarnan de alguna manera el ojo total que todo lo ve. También les encantan las imágenes obtenidas por la policía o por aquellos que simplemente fotografían “desde dentro” de organizaciones o estructuras y obtienen imágenes que serían imposibles de obtener para ningún periodista en el desempeño de su labor –y a las que más tarde otorgan la categoría de documentos informativos.
Y no es menos cierto que a la policía y a otros estamentos del poder les encantan las fotografías tomadas por los fotoperiodistas, por lo que a menudo tratan de conseguirlas para identificar a personas o conseguir pruebas para instruir sumarios, obviando que los fotógrafos no son agentes infiltrados en diferentes eventos ni grupos, y tampoco ejercen como simples productores de documentos probatorios, sino como periodistas que toman en consideración multitud de elementos para elaborar su trabajo.
Y dando una vuelta más a esa tuerca, tampoco es menos cierto que los medios se nutren a menudo de imágenes obtenidas con técnicas policiales, como las cámaras ocultas, traicionando sus códigos éticos y sumiéndonos a todos en un estado de terror y de sospecha permanente. Por el contrario, reaccionan con asepsia cuando fotografías pertinentes, oportunas y comprometidas, como la tomada por Pablo Torres Guerrero a uno de los trenes que explosionaron el 11-M en Madrid, se imponen con rotundidad. Casi todos los medios que la publicaron, la manipularon para desactivarla. Incluso “El País”, que la publicó en portada y que le otorgó el Premio Ortega y Gasset de periodismo, la ha relegado al sueño de los justos en un insólito acto de contrición periodística, atendiendo la inopinada petición de las asociaciones de víctimas de no mostrar imágenes cruentas de los atentados. Cuando las fotografías muestran sin impostura aquello que no es fácil de mirar, tampoco son fáciles de aceptar. Finalmente, los medios, en un doble salto mortal, emulan a los espacios artísticos más estetizantes y menos ideologizados y nos muestran sólo aquello que menos molesta a sus lectores. No es que estemos saturados y anestesiados por imágenes violentas y sanguinarias como repite la letanía dominante, sino que por el contrario nos escamotean las imprescindibles. ¿Dónde están?
Estamos ante un clásico. Desde que se pudo identificar y ejecutar a los integrantes de la Comuna de París, gracias a las abundantes fotografías que se tomaron durante su período de vigencia en 1871, las fotografías no han dejado de ser utilizadas como pruebas acusatorias. La experiencia fotográfica que se puede extraer de la Comuna de París es realmente enorme, y abarca desde los usos documentales y narrativos hasta los propagandísticos y policiales, sin olvidar los fotomontajes y las manipulaciones con fines ideológicos que se hizo de estas imágenes, sembrando lo que los actuales avances tecnológicos no han hecho más que perfeccionar. Y quizás no estaría de más recordar en este punto a Gustave Courbet, un destacado “communard” en cuyos planteamientos teóricos y vitales acerca del realismo se encuentran muchas de las claves de la defensa de un discurso documental riguroso y comprometido, pero sobre todo útil.
Etiquetas: documental, independencia, información, medios de comunicación, periodismo, propaganda, reportaje, testimonio, vigilancia



19 de Abril del 2009 a les 15:19
Resumir una realidad compleja y múltiple, un conflicto, una guerra… en una imagen aunque sea la imprescindible ¿no es un resumen excesivo al que estamos peligrosamente acostumbrados?
20 de Abril del 2009 a les 09:31
Mi español no es muy bueno escrito, pero quiero aportar esto a su debate.
http://atelier.rfi.fr/profiles/blogs/envoyez-vos-photos-attention
No podría ocurrir esto en cualquiera de los paises?Hay que hacer atencion.
20 de Abril del 2009 a les 14:33
Comparto nuevamente sus ideas. De sus palabras Sñr Bernad denoto algo así como una herida hacia los que puede llamarse la migración de la fotografía documental hacia el uso de la fotografía artística ahora como elemento cognitivo, informativo y de percepción. Parece que usted lleva a los medios que hasta ahora habían apoyado esa supuesta independencia al banquillo de los acusados pidiéndole que se redefinan, se manifiesten claramente o simplemente que desaparezcan. Los medios siempre han sido sujetos de poder político.
La migración que ha sufrido la fotografía documental de los media a los museos y el nuevo impulso del documentalismo artístico desprovisto de mirada política y comprometida. La herida que desde sus inicios tenía el fotoperiodismo sabiendo que no daba más de sí parece que ahora con estas nuevas prácticas documentales quiere cerrarse. ¿Cuáles son para usted los límites a los que debe ceñirse la fotografía puramente documental? ¿Cree usted que da más de sí? ¿es suficiente con documentar? ¿cuáles son los espacios actuales para el discurso que usted propone?
20 de Abril del 2009 a les 17:27
Sí, estoy de acuerdo, eso sería un resumen excesivo y probablemente reduccionista, ese es uno de los peligros que tiene el mostrar sólo una parte de las cosas, el elegir. Por otro lado, ya sabemos que fotografiar significa elegir, y seleccionar lo que se va a mostrar después es volver a elegir. Pero no creo que estemos acostumbrados a resúmenes que nos ofrezcan información pertinente, sino todo lo contrario. Estamos acostumbrados al exceso de información, al ruido, a la presencia de imágenes en todos los momentos de nuestra vida. Y eso no me parece malo, porque también estamos desarrollando un eficaz aparato digestivo para procesar todos esos miles de imágenes que nos rodean, sino que como intentaba decir en mi participación, creo que se nos escamotean las imprescindibles, por multitud de causas diferentes, lo que comporta el peligro de no ser capaces de hacernos una idea completa, contrastada y ajustada en lo posible a la realidad, sino ideas saturadas de arquetipos y tremendamente manipuladas. Ojalá tuviésemos acceso a lo imprescindible, aunque estuviese mezclado con la morralla, al menos podríamos buscarlo.
22 de Abril del 2009 a les 16:06
Sr. Salinas,
Bueno, no es mi intención llevar a nada ni a nadie al banquillo de los acusados, ni creo que así deba ser, sobretodo porque ello supondría intentar establecer una especie de justicia o al menos un veredicto, lo que significa finalmente una posición inamovible, nada más lejos de mi voluntad.
Creo que una cosa es el periodismo y otra los medios de comunicación. Al margen de sus opiniones sobre sí mismos, no creo que los medios hayan llevado nunca su propia independencia más allá de lo que les exija su línea editorial o el capital que los sustenta. Otra cosa es que los discursos documentales o periodísticos que en ellos se alojan deban tender hacia ella, así como a contar las cosas de una forma lo más honesta y ajustada posible a los hechos, pero esos discursos muy bien pueden buscar otros soportes donde alojarse. No es nuevo que las fotografías, -cualesquiera que sean- siempre han encontrado un hueco en las paredes de las salas de exposiciones, de las galerías y de los museos, pero sí me parece preocupante la banalización que en los últimos tiempos se ejerce en los ámbitos artísticos respecto a los materiales documentales, vaciándolos completamente de contexto, de referencias y de contenido, debilitándolos. Por añadidura, creo que a su vez los medios de comunicación, en una suerte de efecto rebote, tratan a las fotografías documentales de la misma forma que lo hace el mundo cultural o artístico, con lo que el debilitamiento se multiplica. Las revistas, suplementos, etc…, buscan y ofrecen sobretodo materiales que parecen sacados de las galerías más exquisitas y biempensantes, como si se avergonzasen de sí mismos.
Participo con usted en lo que comenta acerca de que el fotoperiodismo “no daba de sí”, aunque no veo la razón por la que debería hacerlo. Quizá sea suficiente con documentar, con trabajar humildemente con los mimbres que nos ofrece el material de que disponemos sin pretender encontrar a cada paso ninguna piedra filosofal. Al fin y al cabo lo que persigue el fotoperiodismo no es el éxito, la innovación, el enriquecimiento o la gloria, sino simplemente contarlo. El problema es que contar algo a través de fotografías es extremadamente complejo, por lo que es sencillo abandonarse al “todo vale”. Los responsables artísticos gustan de glosar las fotografías que rescatan del mundo documental diciendo que no son las que se hacen para la prensa y que vemos en cualquier diario o revista, que no son esas “meras” fotografías del día a día que sólo pretender mostrarnos los hechos tal cual, sin aditivos, sino que lo que ellos nos muestran en sus asépticos espacios es diferente, más profundo, más depurado, menos real….., y ahí está la trampa, porque otorgan sin quererlo un sólido y sorprendente pacto de sangre a las fotografías con aquello que muestran.
A veces pienso que los que más gritan negando a las fotografías su capacidad para hablar de la realidad son los que más confían ciegamente en ello. Por eso evitan pudorosamente las fotografías que les muestran aquello que les horroriza…., porque lo creen a pie juntillas.